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Las cuatro extremidades de una sociedad en pedazos

En este tiempo se habla de una “pandemia de soledad”, y se hace apropiado, o más bien necesario, embarcarnos en una búsqueda de respuestas; hacer una radiografía minuciosa, con la esperanza de que el diagnóstico nos acerque a la sanidad y bienestar colectivo. Este proceso, aunque largo, comienza con un simple paso hacia delante: mirar con precisión, remendar lo que está roto, unirnos otra vez.

 

Desde el laboratorio de esta observadora, nos enfrentamos a una sociedad cuyas extremidades han perdido su lugar, y sin las cuales, se nos hace imposible funcionar.

 

1.     La conexión que necesitamos

 

Desde esas primeras interacciones infantiles, con inocencia, pero motivadas por una necesidad intrínseca de ser aceptados y aceptadas a los núcleos que nos rodean, percibimos lo fundamental que es pertenecer, y lo desgarrador que puede ser el rechazo en los contextos sociales. Aquí la historia es compleja, porque por un lado podemos argumentar que “no todo el mundo tiene que caernos bien” y es más que válido. Sin embargo, existe una gran diferencia entre poner límites y saber qué compañía buscamos, y el rechazo, el ostracismo o la exclusión.

 

Del mismo modo, tener conexiones y relaciones que sean saludables, profundas y duraderas, conlleva un esfuerzo de ambas partes y una considerable inversión de recursos en alta demanda hoy: nuestro tiempo y atención.

 

Esto requiere una disposición y apertura para exponerse, lo que representa un gran reto para muchas personas, y valentía para cualquiera de nosotros. No se trata de estar por estar, o de tener que pasar tiempo con alguien que no nos agrada o con quien simplemente no conectamos; se trata de entender que buscar ese espacio, y darles oportunidad a otros de hacer lo mismo, es Humanidad 101.

 

Toma tiempo y esfuerzo encontrar una comunidad, una tribu, una sororidad. Es prueba y error. Pero, encontrarlo se ha vuelto un reto similar a subir una gran montaña; en ocasiones compartir con un nuevo grupo de personas se siente como tratar de entrar a un club que está permanentemente lleno y ninguna cantidad de méritos u ofrendas te compra un espacio. Quizá esa es la primera indicación de que no es el “club” correcto para ti, o no es uno al cual quisieras pertenecer.

 

A veces nos complacemos con ver a otros hacer lo que siempre quisimos, y aparentemente tener la comunidad y las relaciones que anhelamos nutrir. Y vienen las comparaciones y las máscaras que nos prometen protección, pero en realidad nos alejan más de lo que inicialmente queríamos alcanzar.

 

Diversos estudios han demostrado que cuando experimentamos este tipo de situaciones negativas se activan las mismas zonas en el cerebro que cuando sentimos dolor físico, y de allí el término “dolor social”, como lo describe Geoffrey L. Cohen, profesor de psicología en la Universidad de Standford, en su libro “Belonging” (“Pertenecer: la ciencia de crear conexiones y cerrar divisiones”).

 

En conclusión, uno de los mensajes más contundentes que presenta este libro, es que de la división al odio hay una línea casi imperceptible, y que cuando aprendamos a fomentar más la conexión que la competencia, a valorar más la honestidad que las apariencias, a crear espacios seguros para aceptarnos a nosotros mismos y a otras personas, todo cambiará en la sociedad.

 

Si es cierto que el tiempo se nos acorta y que nos ahogamos en juideros innecesarios, con más razón actuemos hoy a favor de las relaciones que nos sostienen, de aquellos a quienes amamos. No hay mucho prometido o certero, más allá de este momento.

 

2.     Negarnos a confrontar lo propio

 

Vivimos apresurados, yendo a ningún lado. Buscando alternativas para tener más tiempo, que luego usamos para estar estáticos consumiendo, silenciando las necesidades más genuinas de nuestra alma: una segunda oportunidad; descansar; perdonar, o ser perdonados; expresar nuestra ira o frustración; llorar lo que duele. Pero no hacemos tiempo para confrontar el dolor propio; por el contrario, movemos mar y tierra buscando enmudecerlo.

 

Yo sé que trabajarse cansa. En muchos momentos desde el auge de la autoayuda, coaching e incluso la terapia, me he preguntado, ¿en qué punto dejamos de “mejorar”?

 

También sé que Dios termina la obra que empieza; que hay gozo para el que llora, consolación para el que sufre. Me parece implícito que, si me permito llorar, es porque por fin pude aceptar que algo dolía. Que confesé mi dolor, y lo traje a Sus pies.

 

Me consta que muchos andamos con corazones remendados, pero qué será de aquellos que no se atreven a ver y aceptar que, quizá, si sanamos nuestras heridas, se aliviana nuestra carga. Desde que uno empieza a crecer, allí entre la inocencia y el agobio de asumir responsabilidades, creo que se levanta el telón en nuestra intuición colectiva: entendemos que, si algo es seguro, es el cambio; que las personas actúan y en ocasiones causan dolor; que nosotros lastimamos a quienes queremos; que la vida no es color de rosa. Hemos enlazado todo esto a una experiencia negativa o cruel, cuando más bien es una experiencia humana. A izquierda y derecha, hay desafíos y derrotas, así como celebraciones y victorias.

 

No querer confrontarnos puede venir desde un lugar de supervivencia. Nos acostumbramos a evitar el dolor, y nos volvemos tan buenos haciéndolo, que de repente todo da igual, nada me mueve. Hago lo que sea necesario para evitarlo, y me creo que así todo estará bajo control. Me acostumbro a estar a medias.

 

Quiero creer, con todo el corazón, que cada persona hace lo mejor que puede con lo que tiene y lo que sabe. En mi trayecto, no fue mucho lo que recorrí sin tropezarme con mis propias dolencias, como baches en un callejón estrecho.

 

Una empieza entonces a cojear, te preguntas por qué cojeas, y decides mirar tus pies con atención. Descubres que, de hecho, tienes una gran ampolla. Respiras, porque entiendes que: 1) no te lo estabas imaginando, y 2) esto tiene solución.

 

Aquí el primer paso. Es el comienzo de un viaje maravilloso, que te trae expansión, flexibilidad, compasión, empatía, confianza, seguridad, libertad, paz, cercanía con Dios. Es un viaje en el que a veces toca pedir direcciones, consultar los mapas, leer los letreros. Toca detenerte y descansar, reunir fuerzas. Toca pedir ayuda, y levantarte si te caes, para seguir avanzando.

 

Por el contrario, si me quedo a medias, no evoluciono. Estaría permanentemente atrapada en la misma espiral de patrones, ahogándome en el mismo vaso de agua, sin llegar a ningún lugar. Y lo que es peor, cuando no confronto mi dolor, termino dañando a otros, muchas veces sin poder percibirlo.

 

3.     Ignorar el dolor de los demás

 

Digamos que la historia es distinta:

 

Eres alguien que anda recorriendo la vida, el paso se te dificulta, notas la ampolla y haces algo al respecto. Embriagado de alivio, y aterrado de volver a lidiar con una ampolla jamás, comienzas de a poco a ignorar el dolor de los demás. Todo es ahora “tóxico” y el sistema de supervivencia que tanto te ha costado reestructurar, te dice que para salvarte tú, a veces tienes que aislarte; que no puedes con lo del otro además de lo tuyo.

 

Te dice que es mejor alejarse; esperar a que baje la marea.

Y esa es una terrible mentira que no solo te hunde en soledad, sino también en un egoísmo ensordecedor.

 

¿No es hermoso cuando alguien te acompaña en tu dolor? Cuando incluso sin decir una palabra, te demuestra empatía y comprensión. Hace espacio y tiempo para escuchar, para lamentarse contigo, y para, en el momento preciso, seguir avanzando junto a ti. ¿No es aún más maravilloso ser esa persona para alguien más?

 

Ignorar el dolor ajeno no nos salva del sufrimiento, nos hace cada vez menos humanos. Porque el plan nunca fue atravesar la vida solos, sino en comunidad; estamos hechos para estar juntos.

 

Sin embargo, nos aterra llamar a un amigo, porque no queremos molestar. Nos aterra hacer planes porque nadie nunca puede, ¿y quien tiene tiempo para hablar, reír o llorar? Nos aterra comprometernos, porque hay demasiado en mi plato; el día no me alcanza ni para lo que quiero hacer, mucho menos para asistir a esa reunión. Entonces entran a escena las prioridades, el equilibrio, la calidez, la disposición. No es necesariamente insistir, sino resistir. En esas temporadas difíciles, continuar presente: dejar la puerta abierta, comunicarnos asertivamente, y seguir amando.

 

Por su puesto, hay relaciones que cumplen su ciclo vital, y corresponde hacer un cierre, e incluso un duelo. También hay otras que se enfría, se detienen un tiempo, y luego se puede llegar a retomar; o puede que simplemente evolucionen, y las partes dejen de ser compatibles entre sí. Hay otras tantas donde tienes que, en buen dominicano, mandarte a juir. No me refiero a estas relaciones. Me refiero a aquellos espacios donde la puerta permanece abierta, donde tienes un lugar en la mesa; donde te aceptan, te conocen, y te aman.

 

Amar es una acción, que muchas veces implica incomodarnos.

Es precisamente, considerar a los demás y hacerles el bien.

 

Que difícil se nos hace dar a los demás lo que anhelamos que nos den, pero este es precisamente el objetivo y propósito de cada persona sobre la Tierra; y vaya utopía la que estaríamos viviendo si pudiéramos dejarnos a un lado, amar primero, y racionalizar después.

 

El que busca razones para no amar, las encontrará. Si no, solo debemos mirarnos frente al espejo, con la honestidad que pocos se atreven a poner en práctica. Pero cuánto perderíamos en esta vida y en la eternidad, si solo nos amaran cuando lo merecemos.  

 

4.     Esperanza y propósito

 

Mis padres construyeron una casa en las afueras de la ciudad hace más de 20 años, a la que hemos ido a celebrar Navidades, Pascuas, veranos y cumpleaños. Es de mis lugares favoritos. Y en los últimos años, la administración ha puesto empeño en que se cumplan un sinnúmero de reglas para garantizar la seguridad de quienes visitamos. Entre esos cambios, hay un personal que se encarga de tomar notas en la entrada: quién está llegando, hacia dónde va, en qué vehículo anda. “Permítame su cédula”, dijo el señor, que usaba lentes de sol y gorra para resguardarse del sol primaveral.

 

Recuerdo comentarle a mi esposo que me encanta ver a las personas tomarse su trabajo en serio, porque sí que lo es. Y a menudo caemos en la rutina de lamentarnos y quejarnos de que las cosas no son como quisiéramos o no tenemos el trabajo de nuestros sueños o no estamos donde pensábamos que estaríamos cuando hicimos esa lista de deseos a los 13 años…

 

La vida da muchas vueltas, y hay poco que podamos controlar de nuestro entorno.

Por supuesto que tenemos agencia, y debemos ejercerla y tomar decisiones sabias, pero digamos que conseguimos el trabajo que siempre quisimos, ¿cuánto tiempo crees que nos tomará empezar a quejarnos otra vez?

 

No sé si ese señor está viviendo la vida de sus sueños. No sé cuál es su contexto o sus circunstancias. Pero sé que personas con acceso a más información y probablemente más oportunidades, hacen su trabajo diario con inconformidad y mediocridad. Sé que yo lo he hecho.

 

Sin embargo, por gracia, he llegado a entender que no se trata de qué hacemos, sino cómo lo hacemos y por qué.

 

Amy Wrzesniewski, una psicóloga organizacional de Estados Unidos acuñó el término “job crafting” (creación de trabajo o puesto) como resultado de sus investigaciones sobre la satisfacción y felicidad laboral, específicamente con conserjes en el área médica. El término se refiere a la percepción que tienen las personas de su trabajo, viéndolo como una profesión o un llamado, más allá de una labor manual. En una entrevista, Amy explicó que para estas personas su trabajo es igual de fundamental que el de los médicos, porque ven la higiene como algo imprescindible para los procesos quirúrgicos y para la recuperación de los pacientes.

 

Podemos ir un poco más profundo, porque hablar de propósito lo amerita.

 

Todas las personas tenemos un grupo de cualidades, habilidades, intereses y características que nos identifican, y creo que en cualquier ámbito sano donde nos desarrollemos, si nos permitimos verlo así, podemos encontrar la manera de “crear ese trabajo”, pero más importante conectarte a ese propósito que te mueve, aún fuera del trabajo. Nuestra identidad no está en un trabajo, sino en nuestro espíritu. Está en lo que amamos y disfrutamos, en nuestros hábitos y anhelos que nadie ve, en cómo amamos a los demás; en los detalles cotidianos que nos conmueven.

 

Propósito es más que trabajo. Incluso más que ambición.

Creo que lo que nos mueve verdaderamente a hacer cambios, no solo a tener aspiraciones u objetivos sino también a ir tras ellos, es una mezcla con las porciones precisas de propósito, convicción y amor. El compromiso con algo que es mayor que yo, que trasciende mi comprensión, mi ego, mis limitaciones e inseguridades, incluso mis sueños.

 

Y pienso que va muy ligado a la esperanza. En otras reflexiones he mencionado como su ausencia representa una amenaza para nuestro bienestar y supervivencia. La considero tan vital como el oxígeno, los árboles, los abrazos. También pienso que es bastante frágil, porque somos seres espirituales viviendo en un mundo caído, con un corazón engañoso, y a menudo la colocamos donde no va, y se nos hace imposible sostenerla.

 

Creo que el mismo Dios que me dio una esperanza también me dio un propósito. No es que mi esperanza está en el propósito; más bien, porque tengo esperanza, eso me da fuerza y convicción para continuar en mi propósito. Para tomar mi trabajo en serio, por ejemplo. La esperanza me da certeza, seguridad, confianza. Sé que no es una competencia: no la ganaré por más que me esfuerce. Pero también sé que puedo recuperarla cuando inevitablemente falle o la extravíe por ahí, momentáneamente.

 

Observo a veces a mi alrededor y tengo la percepción de que muchas personas han extraviado su esperanza, y están viviendo sin propósito. No hay nada que les sostenga, ni brújula que les muestre el Norte. Siento gran empatía, porque también he estado ahí, ¡y cómo nos cuesta movernos! Dar ese primer paso es enfrentarnos a la incertidumbre; moverse sin esperanza es como salir de un pozo frío, oscuro, y muy profundo, sin ningún tipo de herramienta y con pesas en los pies.

 

Creo que logramos salir cuando vemos algo de posibilidad, y eso nos da ánimo; alienta nuestra esperanza, lo cual nos acerca al propósito. Nos devuelve la llama que habíamos dejado extinguir.

 

Pero aquí está la clave, ¿adivinas de dónde viene esa Posibilidad? Casi siempre, de estar en comunidad con otros. De sentirnos vistos, aceptados; de acercarnos, compartir y escuchar; dejarnos instruir, dejarnos querer y atrevernos a querer también.

Por la pérdida de estas extremidades, el pronóstico no pinta muy bien. Como un cuerpo sin brazos, es imposible sostenernos a nosotros mismos, ni unos a otros; y sin piernas, tampoco podremos avanzar. La idea no es que todo funcione a la perfección, porque entonces dejaríamos de ser humanos. Creo que a lo que podemos aspirar es a intentarlo. A no tirar la toalla. A no sentarnos de piernas cruzadas, viendo cómo se sigue descomponiendo este tejido, hilo a hilo.

 

Más bien, a encontrar ese hilo en común, que nos une y lo hará siempre.

Nuestra sensibilidad, nuestra empatía, nuestra honestidad, nuestro propósito, nuestra esperanza.

 

Hoy en día, todo es remendable: incluso un corazón; incluso una sociedad.

Yo tomo las tijeras, tú la aguja, ¿comenzamos?

 

 

 
 
 

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